viernes, 6 de noviembre de 2009

La caja de los mantecados


Hace algún tiempo, no mucho, aunque sinceramente debo reconocer que tengo mi propia medida temporal, la fortuna me brindó un grato Presente, Presente con mayúsculas porque tiene su propia forma, apellido, nombre y porque, realmente D. Antonio María Almazán y Meléndez así lo merece.
Este Real Académico de las Bellas Artes de San Luis, entre otros reconocimientos, artísta prolífico e imparable, con un curriculum más que extenso es, además de excelente amigo y pintor, un magnífico escritor. Aunque si bien es cierto que no se le conoce esta faceta, puedo asegurar que es enternecedor, gratificante para el alma, y por supuesto un retazo de la historia, leer cualquiera de sus relatos sentados delante de la chimenea, con un café humeante. Aunque también lo es en la playa, (si son las de mi tierra más entrañable para mi) acompañados de una cervecita (tropical) bien fresquita.
Me voy a permitir la osadia, dicen que la confiaza da asco,de compartir uno de esos relatos, de momento, porque sus obras pictóricas están expuestas en algunos lugares de la geografía Aragonesa, por ejemplo en el Centro de Arte Contemporaneo Pablo Serrano, de Crivillén, que animo desde aquí a que lo visiten y que valoren la labor de un pueblo que ,con apenas 100 habitantes, ha apostado por el arte y lo hace con uno de los Museos más espectaculares de la zona (Andorra, Sierra de Arcos, Teruel)

A mi entrañable amigo Almazán sólo darle las gracias por brindarle a esta "...hija de un grupo de islas territoriales y coloniales" (como bien dijo) , la suerte de haberle conocido.
Tus bailarinas siguen danzando para mi.

Bueno si más dilación ahí les queda este relato.


La caja de los mantecados, por Antonio María Almazán Meléndez

Sixto, así llamado por su nombre de pila baustimal y santoral por aquellos años, era un chaval de nueve años, avispado, algo rubiales y con ojos verdes color pradera claro primaveral. Vivía con sus padres y cinco hermanos más en un vetusto caserón, antiguo y lejano palacio decimonónico de un rico y acaudalado matrimonio sin descendencia y de cuyos caudales de patrimonio familiar, les permitía, de vez en cuando, en sus salones, celebrar veladas de alta sociedad de miembros de alta prosapia del lugar.
Pasados los años,  y al no tener descendencia familiar, el viejo y señorial palacio, fue destinado a albergar la sede social de un colegio de Monjas de la Orden la Merced -Misioneras- en la parte vieja de la ciudad. Dicho colegio estaba situado en la antigua Calle de la Bajadita del Obispo, posteriormente, Calle Bayeu, que iba a parar a la bulliciosa Calle del Pilar por la gran cantidad de comercios y tiendas, a pesar de tener una acera de dos palmos de anchas, por donde transitaba los peatones, y donde por su calzada transitaban carruajes medievales tipo berlina barroca o galera agrícola, junto a coches, taxis y autobuses de viajeros, donde a partir del Palacio de la Lonja, se ensanchaban tanto para el tráfico rodado como para el peatonal.

El regio caserón de las Mercedarias empezaba en la Calle de Goicoechea, donde tenía entrada a la iglesia conventual pública para el pueblo llano que quisiera visitarla también.
El extenso palacio tenía una amplia puerta de entrada y justo en el patio se encontraba la portería del colegio, de estructuas galdosianas, de recias y oscuras puertas de madera, que hacía las labores de barrera franca y noble del colegio y de ahí partía una amplia escalera que conducía a la sede social de las Damas de la Corte de Honor de la Virgen del Pilar, y en ese mismo rellano estaba el piso de la familia de Sixto, donde la mirilla de la puerta era de color blanco y pulida moldura de mármol y los pomos de las puertas correderas en sus alcobas-habitaciones lo eran de pasta nacarada, que quería recordar al caserón-palacio que fue en los siglos XVIII-XIX.

En cierta ocasión Sixto y su tío Don Ramón, el cual era por entonces capllán Castrense del Ejército titular del cuartel de Pontoneros en Zaragoza, realizaron un viaje a Estella, en Navarra, donde se encontraba la Hermana Teresa, que pertenecía a la comunidad de las Monjas de Santa Ana y era, a su vez, hermana del citado Don Ramón.

Al final de los avatares del traslado del Tren-Correo a la estación de Lodosa, llegaron, por medio del autobús, a la reposada ciudad de Estella, regada por el río Ega donde,  en la huerta de su ribera, se criaban unas tiernas y sabrosas judías verdes, que eran un primor y delicia de los buenos gastrónomos culinarios.
La comunidad de Santa Ana tenía a su cargo el hopital Militar de la ciudad situado junto a la Casa de la Misericordia (donde daban amparo y cobijo a jóvenes varones de hasta veintiún años de edad y mayores de variada condición social y desportección familiar), ubicada en lo que antiguamente fue una casa solariega de Señores Nobles del Reino de Navarra.

Sixto y Don Ramón llegados ya ante la hermana Teresa y tras haberse recibido con los saludos de rigor familiar, fueron expetados por su tía monja, ante las novedades que ella misma apreciaba, ya que Sixto era portador de una caja de cartón un poco trastocada y estropeada por las circunstacias del viaje desde Zaragoza, "¿Y esto...qué es?, ¿qué me traes aquí, Toñito...?" dijo sorprendida la hermana Teresa, y Sixto, con la espontaneidad y frescura de su corta edad, se pronunció: ¡Pues mire tía, aquí le entrego y le dejo para la Comunidad, unos ricos mantecados que hizo mi madre para ustedes...! , "bueno, pues muy bien, vamos a ver lo que nos ha mandado la buena de Damiana..."dijo admirada la hermana, aunque al verf el lamentable estado de la caja, lo que realmente pensaba en ese momento era .."si, si, un buen jamón con chorreras es lo que nos vamos a comer..." y así fue, al destaparse la caja, lo único existente era un magnífico y reinante "tutti frutti", conglomerado de harina de lo más selecto, sabroso, totalmente granulado y hecho en mil añicos.
Después de todo la intención de la Señora Damiana fue de lo más exquisita hacía las monjas de la Comunidad, y todo aquello era bueno aún con la hambruna de factura nacional que había en el pais. Las monjas pensaron para sus adentros: "para mañana en el desayuno nos vendrán bien el montón de lo que fueron unos horneados y estructurados mantecado".
La tía monja ignoraba la mini carrera maratoniana a que habían sido sometidos ,Sixto, -el cual era un potrillo locuelo-, Don Ramón  -corriendo desaforadamente y sosteniendo en alzas la sotana para evitar una intempestiva caida- y la malograda caja de cartón, en el trasbordo de la Estación férrea de Lodosa, allí fue donde los mantecados de la Señora Damiana sufrieron un cataclismo, donde la harina de los mismos fue, casi, un exquisito manjar par a las monjas de Santa Ana...¡Dios Bendito y con el hambre que había...!





4 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Que relato mas entrañable¡..cosas de la postguerra. -Carmina-

Natacha Díaz Pérez dijo...

Y tanto!!....
La postguerra, por lo menos, nos dejó la oportunidad de ver las cosas desde otra ángulo.Que pena que hoy no sepamos valorar dicha visión.
Si lo hiciéramos ni se nos ocurriría entender la guerra como producto de ninguna acción.

Anónimo dijo...

He estado en exposiciones de este señor y es un talento, cuanto me alegro que se pueda ver su obra en la red , el relato AUTENTICo...

Natacha Díaz Pérez dijo...

Me alegra muchísimo que le guste su obra, realmente yo también creo que es un talento.
Y desde aquí me gustaría hacer un poquito de consciencia a los que pueden y deben, para valoremos más las obras de nuestros artistas, ya que gracias a ellos podemos conocer más el pasado y por consiguiente el presente y futuro.

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